Herbert Blomstedt – Humildad

Cuanto mayor soy, más fascinantes me parecen los seres humanos de la orquesta. No considero a los músicos como un medio para conseguir un fin, sino que me atrae observarlos y comprenderlos como seres humanos. Habría que tratarlos como ángeles. Son mensajeros de algo divino.

[…] El director no debería tener un aspecto vanidoso. Eso es algo que odio y que no tiene nada que ver con la música.

[…] Dudar de uno mismo es bueno y esas dudas me acompañan siempre. En el arte, un exceso de seguridad resulta mortal.

Herbert Blomstedt (Ref.: Cultura, El País 11/09/2021, Luis Gogo).

Y las cosas, de algún modo, desaparecieron

Y las cosas, de algún modo,
desaparecieron;
y los cielos se hicieron
transparentes;
y mis ojos extraños, como estaban,
buscaron.

Sentada frente a los colores,
sin una pregunta que hacerme,
así quedo y me mantengo.

Laxitud de un tiempo despierto;
calma de una respiración que adormece.
No veo la línea del horizonte.

Y mi espalda, curvada,
descansa;
y mis oídos, acurrucados en el aire,
escucharon;
y me digo, en ausencia del movimiento,
¿dónde estás?

Como lobos

Cantemos a la luna,
cantémosle ahora que se encuentra tan lejos,
grande, envanecida,
por encima de las hierbas muertas,
por encima de las cenizas.

Los perros se alían en su aullido nocturno.
Las farolas se apagan con premura,
y muy cerca, en la carretera que huye
entre las sombras de edificios pardos,
hay un rumor de ruedas que se esconde.

Cantemos a la luna llena
como lobos que anhelan quedarse
sobre peñascos,
reivindicando la tierra,
bajo sus rayos amables,
y, con notas de una terca melodía,
lamiendo las heridas del monte.

Por eso marcho

Porque el mundo es para el tecnicismo,
y para los que se prodigan,
y no deja un resquicio de luz
para los que dudan.

Porque si te invade la emoción
o te envuelve con la tela
hecha de inasible sensibilidad,
mueres literalmente apartada en la cuneta,
en un margen del duro, sucio y repisado asfalto,
sin saber cómo es que has terminado ahí hacinada
entre tantos otros bultos abandonados.

Y por eso marcho
y me escondo entre las hojas
y me encaramo a lo alto del monte
coronado por un claro vacío de ruidos,
limpio de ansiedades,
y desde allí oteo lo que fue, lo que hubo,
y respiro porque no veo a nada
ni a nadie.

Y así quedo, tranquila y en paz,
con la mente en blanco
y el cuerpo restablecido,
con la extraña apariencia
de quien se ha perdido, pero no.

Aquí, en lo alto, entre cenizas y sequedades,
sé que empezaré la vida,
de nuevas, como lo hacen los árboles.

No sé cómo es

Yo no sé cómo es estar en el mar.
Porque nací en un claro del bosque,
o en un campo yermo,
o rodeada de girasoles,
con cuatro o cinco árboles escuetos repartidos bajo el cielo.

No conozco la deriva entre las nubes y el agua que zozobra,
ni la bravata de una tormenta que azote mis huesos
con el viento desatado,
con la rabia de una ola que se eleva
y acomete sin escrúpulo.

Yo soy un animal varado,
una barca exótica para los dibujos ingenuos.

No sé cómo es estar en el mar,
pero créeme que estos embates
que me sacuden por dentro
no son de prados lentos, extensos,
ni de parajes bucólicos donde todo está quieto.

Dime, mamá

Dime, mamá, por qué soy como soy,
por qué ya no veo mi cara, ni mi cuerpo,
por qué solo siento este espíritu de acá dentro.
Mamá, ni siquiera sé qué quise, qué tuve;
¿es posible que nada de lo que viví fuera cierto?

Dime, mamá, por qué mi recuerdo se hace pequeño,
por qué las voces se desvanecen
y los pasos se hacen ligeros.
Dime si el tiempo es solo una colcha
que usamos en los días de invierno.

Dime, mamá, ahora que no estás aquí para escucharme,
por qué ya no quiero descubrir un nuevo sendero.
Por qué no siento que me falta el aire,
ni quiero que me nazcan alas
tan grandes como una vez fueron mis sueños.

Orhan Pamuk – Culpa y personalidad

Aquella noche comprendí que, si quería librarme del dolor y la culpa que me atenazaban, tendría que distanciarme de mis amigos de la infancia. Y empecé también a intuir que lo que había ocurrido en el pozo me privaría para siempre de la felicidad de llevar una vida normal y corriente. Y no paraba de repetirme: «Lo mejor es hacer como si no hubiera pasado nada».

[…] La necesidad de saber más me carcomía por dentro, pero temía lo que pudiera descubrir. Pese a todos mis esfuerzos por convertirme en una buena persona, seguía atormentándome la misma sensación insondable de remordimiento. El terror a que nos consideren culpables cuando ni siquiera hemos hecho nada malo es uno de esos miedos que solo se manifiestan en sueños. Pero aun así era algo que yo experimentaba muy a menudo.

[…] Para aquellas que nos convertimos en pelirrojas, la elección del color es como escoger una personalidad. Y desde luego que me convertí en pelirroja, me he pasado el resto de mis días tratando de ser fiel a mi elección.

La mujer del pelo rojo, Orhan Pamuk.

Hojita a hojita

Voy a contar una cosa que probablemente no haya contado antes, no de esta manera. Y este es un comienzo como otro cualquiera. Siempre me ha resultado complicado hilar mis recuerdos y desnudarlos de la ñoñería que suele ir implícita en el hecho de contarlos. Sobre todo, he comprendido que no se trata de un solo relato, y esa es la cuestión, no hay un solo relato, como no hay una sola actividad que hayamos realizado o a la que nos hayamos dedicado que trace nuestra vida de cabo a rabo de una forma inequívoca y lineal.

Una vez, con diez años, recuerdo que teníamos que copiar la ilustración de un libro de lecturas y me entretuve tanto en ello que perdí la noción de para qué era ello y seguí haciéndolo hasta acabarlo. Era un árbol con muchísimas hojas rosas que daba sombra a un payaso. No recuerdo que el payaso me gustara tanto como motivo, sin embargo, las hojas rosas del árbol… Sí, esas sí que me entretuvieron. Hojita a hojita. Recuerdo en otro momento la ilustración de una jungla y de copiar un tucán y un mono colgado de una de sus extremidades. Recuerdo el colorido y el verde, mucho verde de hojas grandes y alguna liana. Un año después, cuando tuve que escribir una poesía, la hice sobre el perro pastor alemán que entonces teníamos en la familia. Posiblemente fue en el mismo año.

Otra vez, cuando tuve que hacer un ejercicio de lengua, a la edad de doce años quizá, se trataba de uno de esas de las que te pedían continuar el comienzo de una historia. Yo empecé y la cosa se alargó tanto, a través de un mero diálogo entre un viejo y un niño, que cuando en clase me lo hicieron leer en alto, la profesora pensó que era mejor acortarlo y me dijo que lo dejara a mitad de camino. También creo que alguno de los dos llegaba a morir… Me pareció, por la reacción de la profesora, que había escrito una tontería o cualquier cosa que se le puede pasar por la cabeza de una niña.

Es muy probable que fuera en ese mismo año, cuando tuve que hacer un trabajo sobre Brahms para la clase de música, y me entretuve más en dibujar su cara para pegarla en dos o tres escasas páginas que ocupaban el texto de lo que estuviera contando. Recuerdo que lo hice en un formato apaisado. Y entonces pensé que esa cara no me estaba saliendo tan mal y que se parecía bastante al original. No conocía todavía el juicio interno.

Un año después, o dos, nos pidieron un trabajo sobre Goya, y de nuevo, me entretuve en el aspecto estético de la cosa. Pinté el cuadro de la duquesa de Alba con el perrito, con lápiz de colores (hasta el momento, siempre era con lápices de colores), y copié el retrato de Goya, ese en el que parece que esté un poco desmayado, con el cuello de la camisa desaliñada, y como portada me inventé un caballete en el que se apoyaba un lienzo con el nombre del pintor en letras grandes. De la parte inferior de las letras caían gotitas de pintura. La profesora me dijo que era poco serio.

Así que desde entonces hasta los catorce años, no recuerdo qué más hice como réplica a las tareas que nos pedían. Sí tengo una vaga idea de que no destacaba en clase de dibujo, y ahí empecé a sentir que lo que yo hacía y la técnica de lo que se impartía eran mundos diametralmente diferentes, como si yo pudiera alcanzarlo, como si no fuera para mí. Eso sí, desde muy pequeña solía extender todos los trabajos de manualidades a mis horas de diversión en casa. Recuerdo que me daba por hacer tarjetas de felicitaciones para la Navidad, confeccionaba algún calendario de adviento y luego ya, cuando empecé a volverme loca por la música pop, rock, porque la clásica siempre había estado ahí, empecé a querer retratar lo que sentía al escucharla, y también a los cantantes. Cuando a los quince años empecé a introducirme en la literatura de volumen, de golpe y porrazo, porque la de mis cuentos y comics siempre había estado ahí, igual que la música clásica, también empecé a retratar a los autores. Dibujos en grafito, esbozos y esbozos. No lo hacía por llegar a nada, sino para darme satisfacción de atrapar sus caras. Y vi que se me daba bien y que me hacía sentir bien. Hasta que, pero eso fue bastante después, alguna que otra persona, a la que por casualidad le gustaba lo que hacía, me pedía algo por lo que realmente yo no sentía interés y entonces llegó la hora de estar cumpliendo y de sentir rechazo. Porque a mí me gustaba lo que hacía y el juicio externo de lo que hacía, cuando me gustaba, me importaba un bledo, pero qué pronto cambiamos, qué fácil olvidamos. Muy pronto empezó a importarme todo y mucho… Pero no estamos en eso todavía y tampoco me detendré en ello más tarde.

Tenía quince años ya redondos, porque en meses cumpliría los dieciséis y empecé a escribir en ratos que encontraba entre clase y clase, a primera hora de la tarde, cuando era la primera en llegar, o por la noche casi en la madrugada, y no escribía nada en concreto. Era algo así como poner lo que se me iba ocurriendo. Una vez, empecé una historia, de género fantástico, casi de juvenil, y no lo acabé. Me fui desgastando. La sensación de que tenía que esforzarme en inventármelo me causaba lo que ahora reconozco como un síntoma de ansiedad. Me causaba rechazo y me hacía sentir que quizá me estaba forzando por aparentar ser una cosa que no era… Comenzó el juicio interno. No sé de dónde vino eso; creo que de adquirir más conocimientos, de comenzar a sentir que otros esperaban algo de mí y que debía parecerme a aquello que se esperaba, o que se consideraba mejor y yo no tenía ni idea de qué se trataba.

Por aquella misma época escribí algo que tenía que ver con escuchar música. Hacía sonar instrumentos que se iban sumando hasta formar una algarabía triunfante, qué se yo. Se lo di a leer a mi profesora de Lengua y Literatura Española y lo tildó de pretencioso. No dijo más. Volví a sentir aquello que sentí a mis doces años, que me había pasado de lista o que era una tontería.

En ese mismo año quise presentarme al concurso literario del instituto: Había dos modalidades, narrativa y poesía. Me animé a presentarme a la de narrativa. Estuve unos días pensando qué hacer. Empecé a escribir algo que ni recuerdo, y el día anterior a que se cerrase el plazo me deshice lo escrito; en su lugar, me senté en el suelo del salón de la casa de mis padres a escuchar música y me puse a escribir poesía. Al día siguiente lo entregué, y cuando se realizaron los fallos, supe que me habían concedido el premio Accesit. La verdad, no sé cuántos nos presentamos, pero yo era la cuarta, así que ya fuimos cuatro. Bueno, aquello me sorprendió. Siempre me ha dado miedo la competición y un concurso no deja de ser competición. La única vez que me había presentado a competiciones o concursos, fue en el colegio, cuando la marca Nocilla convocó un concurso de dibujo y las monjas nos animaban a presentarnos (quizá les dieran algo por la promoción del producto) y a esos concursos de verano en la piscina en los que te apuntabas a competir en natación para pasar el rato. No sé por qué hice esto último, porque tengo verdadera aversión por los juegos de animación.

Al año siguiente, y este fue el último antes de entrar en la universidad, con unas cuantas cosas más anidadas en mis horas creativas, especialmente la recreación en la lectura, desde comics hasta novelas de Dostoievski y Thomas Mann, volví a hacer lo mismo (y aquí me salto muchos meses de cocedura intelectual y emocional en una adolescente, pero no es relevante ahora). Me dispuse a presentarme al concurso literario del instituto, y de nuevo me propuse hacerlo en la modalidad de narrativa. Ocurrió exactamente lo mismo que en la ocasión anterior, la última noche al día en que se cerraba el plazo, destruí lo poco que llevara narrando y me puse a escribir poesía sentada en el suelo del salón de la casa de mis padres, escuchando música. Cuando realizaron el fallo, supe que me habían dado el segundo premio. Quizá fuéramos los mismos cuatro del año pasado, pero, oye, yo había subido a un segundo puesto. La chica del primero premio era inamovible. Y ahora que me doy cuenta, nunca se sabe, porque los años en el instituto se me habían agotado.

Egocentrismos aparte, me pregunto por qué hacía eso, por qué a última hora rompía lo que hubiera hecho en narrativa y corría a escribir poesía. Y ¿por qué no mirarlo de otro modo? Me pregunto por qué no acudía a la poesía directamente.